martes, 28 de mayo de 2013

SE LLAMA TOMEBAMBA

Vivo en una ciudad llamada Tomebamba. No tengo idea acerca de su historia, orígenes o antepasados, salvo que vive el mismo cáncer que el resto de las ciudades del mundo. Resulta que Tomebamba es como un niño al que le han llamado de una forma diferente, o que le han dicho que es estúpido, o inútil, que lo que hace es absurdo, o que eso que trata de conseguir es totalmente imposible. En consecuencia, se comporta de manera estúpida, inútil, limitada. Para descubrir su naturaleza sólo debe pronunciar su nombre. EL problema es que no sabe cuál es.

Como le ocurre a todas las ciudades, tuvo un origen y un desarrollo. Existían ciudadelas pacíficas donde vivían los cañaris. Se usaba la geometría como modo de religión. Le daban sentido al mundo observando los astros y los ríos que recorrían los desniveles de la ciudad. Sencillamente, experimentaban. Había comida, buen clima, vegetación, animales, ríos y montañas. No les faltaba nada. Tenían incluso el nombre.  Más tarde, tras las primeras matanzas y creencias impuestas, comenzaron a vivir los incas, cholos, negros, y supongo que nadie habría vetado a un blanquito para entrar. Luego, le llegó la muerte. Aunque realmente siga poseyendo todas esas virtudes.

La muerte es aquel momento en que te confundes. No sabes cómo te llamas, qué te hace feliz, si debes fumarte el cigarro que deseas o si se trata de un vínculo con la adicción de querer matarte lentamenta por falta de amor propio. Cualquiera de las dos opciones es buena si es verdadera. La muerte llega cuando dejas de vivir acorde a lo que eres, y como ni siquiera lo sabes, no te queda más remedio que morir. Es entonces cuando suenan las voces. Te dicen quién eres, cómo te llamas, qué te gusta, y que ese cigarro que quieres fumarte es nocivo para la salud mientras que el humo de las refinerías es necesario para el progreso. En definitiva, te vuelves imbécil. Te cambian hasta el nombre. Olvidas tu nombre original. Haces justo lo que te dicen. Pierdes tanta espontaneidad que te marchitas. Eres un trozo de rama seca. Eres como una flor de plástico que decora una sala de estar. Si no te dicen lo que tienes que hacer, no haces nada. Estás muy muerto.

Si te dicen que eres culpable, sientes la culpa. Si te dicen que debes hacer esto o aquello, lo haces. Te transformas en un autómata y todo por no saber quién eres. Debes obedecer, no queda otro remedio. Cortan tus ramas, llegan los colonizadores, cambian tu identidad, y año tras año te continúan engañando haciéndote creer que lo mejor está por llegar. Te continúan diciendo que eres un buen tipo y que lo que haces es correcto. Los curas lo hacen cuando un hombre embarazada a su mujer 5 ó 6 veces hasta casi matarla por no usar un preservativo o los imanes cuando un tipo le cruza la cara a su mujer. Tú, ni siquiera sabes a qué has venido a hacer aquí. Estás tan muerto que incluso hueles mal. No sabes comer. No sabes beber, ni qué beber, ni cuándo beber. Vas bebido por la vereda, caminas ridículmente haciendo eses. Parece que nada queda de cuando eras real y estabas vivo, pero sí, algo queda.

Queda que un día alguien te recuerda cómo te llamas tras abofetearte la cara. Te dicen que eres tan idiota que deben obligarte hasta para mover un dedo, tanto si deseas realizar algo como si es impuesto. Además, no haces nada que desees hacer. Te irritas y tocas la bocina del carro, golpeas a tu mujer, tomas hasta que se te caiga la baba y te tropiezas con el asfalto. Más tarde miras a tu alrededor y descubres que aún queda algo de lo que en realidad eres. Sólo es necesario un hecho tan sencillo como recordar tu nombre.

Todas las ciudades son como Tomebamba. Málaga es también como Tomebamba. Todas las personas también lo son. Vivimos rodeados de una mierda que aceptamos como parte de nuestra identidad, cuando en realidad, es la mierda que otro te sugirió posada sobre tu cabeza. Todas las ciudades y personas conviven con estiercol en la lengua, las manos y el cerebro.

No somos un producto de la colonización. Tampoco somos la comida que comemos. No somos nuestras costumbres, ni nuestras creencias, ni un resultado de todo ese conocimiento que en realidad es prestado. No somos las necesidades ficticias que nos hacen creer que existen. Pero para conocer tu nombre, primero debes desnudarte de toda la tontería con la que te has vestido. Como le ocurre a Málaga y a Tomebamba. Como les ocurre a cada uno de los ciudadanos que tienen aunque sea una creencia en sus cabezas. Eso es lo que ocurre cuando crees. Te olvidas de tu nombre. El original. El único que te da sentido.

Tomebamba era el antiguo nombre de un centro administrativo del imperio inca tras invadir a los Cañaris. Tras la colonización (es decir, una invasión sutil) de los españoles, la ciudad se llamó Cuenca en honor a la ciudad española del mismo nombre. Hoy día, conviven impulsos de vida hermosos como ríos, eucaliptos, montañas, honradez y valores junto con miserias como el humo negro de los autobuses, el mercantilismo, el comercio salvaje, la hipocresía, o la pasividad, cobardía y miedo de algunos de sus ciudadanos. El mismo miedo que uno siente cuando no sabe ni cuál es su nombre.

http://es.wikipedia.org/wiki/Tomebamba


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