Artículo originalmente publicado en el Nº2 de En la Isla (revista digital de arte y literatura).
Todos los sonidos eran internos. No podía hablar, mirar, apenas podía moverse y cualquier expresión de su rostro estaba censurada por más de cinco mil puntos de sutura. No podía comunicar nada, salvo el silencio. En el interior de su cuerpo, el sufrimiento era incluso peor que el de su rostro, estático e inservible. Respiraba sólo con un pulmón, ya que el otro estaba colapsado. Nunca más volvería a servirle para nada. El corazón estaba débil. Le perseguiría una fragilidad constante, de por vida. A pesar de ello, el corazón continuaba bombeando sangre con esfuerzo, a la vez que el pulmón restante trataba de gestionar el aire. El ojo derecho, por el contrario, ya no le servía para nada. Sus únicos esfuerzos, en ese estado constante de letargo, le impulsaban a levantarse de la cama para quedar sentado en una de las esquinas, agarrar una guitarra y tocar acordes de Blues. Cada nota, cada acorde, cada grito del tubo metálico deslizándose por las cuerdas sonaban para él como un mantra, un eco constante que se repetía sin cesar en el aire y en su mente. Era su único medio de expresión. Era entonces, cuando hacía sonar la música, cuando el silencio pasaba a ser sonido, y ese sonido, el único que podía expresar mientras su rostro estaba cosido, tronaba tanto como su interior. Era en esos momentos cuando podía expresar algo, y la expresión tomó forma de sonido de Blues.
John Campbell tenía 17 años cuando pasaba los días tumbado en la cama y sólo podía expresarse haciendo sonar su guitarra. Ya era un chico prometedor como músico antes de su accidente, pero su pasión por la velocidad era tan peligrosa para su cuerpo como la honestidad de la música que tocaba para el alma. El coche chocó contra un árbol a gran velocidad, John salió despedido tras romper el cristal, se golpeó contra el árbol y volvió a caer en el coche. Necesitó más de mil puntos de sutura en el rostro. El ojo derecho y uno de los pulmones los perdió para siempre. El corazón se pararía en cualquier momento, como aseguraron los médicos.
Los médicos no pudieron explicarse por qué no había muerto. El pronóstico para la convalecencia estaba claro: silencio. John no podría mover el rostro en largos meses, y apenas podría realizar cualquier tipo de esfuerzo físico. Sin moverse, sin poder hablar ni gesticular, John sólo tenía el sonido de su guitarra. Aún así, era un joven afortunado. El chico de Louisiana vivía un infierno, pero hasta los infiernos pueden ser fructíferos. John aprendió cómo comunicarlo todo a través de un sonido sin palabras. Un sonido reverberado y latente, como el de su guitarra metálica. Era afortunado, pues poseía una guitarra. Con el tiempo, conseguiría una National Steel del año 34 que había pertenecido al mismísimo Lightnin'Hopkins. Su infierno fue un periodo de transformación. Mientras en su rostro y en su voz todo era silencio, aprendió a hablar de una manera diferente, profunda y verdadera. Ya no tenía máscaras, pues ni su propio rostro podía crear una con sus gestos. Sólo estaba él y la música que comenzó a hacer sonar.
Estudió a los clásicos del Blues día y noche. Años después, su rostro estaba curado, aunque las cicatrices serían un estigma perpetuo, que le recordarían frente a cada espejo por qué estaba allí y qué debía hacer. Su vida estaba destinada al reposo, pero John Campbell debía comunicar lo que había aprendido. Comenzó entonces un camino de peregrinaje y fue un nómada moderno. Cada día paraba en una ciudad distinta. Allí, en cualquier bar, sala de billar o gasolinera, tocaba música Blues. Preguntaba: ¿os gustaría oír algo de música?; y comenzaba a hacerlo sin que existieran condiciones. Si el dinero voluntario era suficiente para pagar una noche de hostal, dormía. Si apenas era suficiente para comprar el ticket del autobús, dormía allí camino a otro destino. Dicen que un día vendió un litro de su propia sangre para comprar cuerdas para su guitarra.
Lo que John Campbell decía, con su guitarra de sonido casi esotérico y su voz grave, profunda y dolorida, iba más allá que los mensajes clásicos del folclor o de la música popular. Era el sonido de la victoria, una victoria melancólica sobre una muerte que le permitió vivir a cambio de su ojo, su pulmón y su rostro, pero dándole a su vez el don de decir la verdad a través del sonido. No existían máscaras, ni artificios ni extravagancias. Sólo la verdad.
Al igual que en la leyenda de Robert Johnson, el músico que vendió su alma al diablo en un cruce de caminos para ser a cambio el mejor guitarrista de Blues del mundo, John grabó en unos pocos días su música a petición expresa de un productor, en Tyler y en Austin, ambas ciudades de Texas. En estas grabaciones emula a Robert Johnson y a otros clásicos. Continuó siendo un nómada. Se casó, tuvo una hija, pero se divorció a los dos años. En 1988 es convencido para grabar "A man and his blues", su primer disco de larga duración. En este disco sonaba su guitarra, su voz, y la compañía de Ronnie Earl. Acostumbraba a tocar en locales de Louisiana, pero fue conocido por sus continuos viajes. Comenzó a tocar en festivales de Blues y como telonero de varios músicos de renombre. La discográfica Elektra, atraída por su leyenda, le contrata para grabar sus dos trabajos más antológicos: One Believer, de 1991, y Howlin Mercy, de 1993. En estos discos John se acompañó de una banda eléctrica y mostró su propia música, un Blues oscuro, tétrico, tan perturbador como honesto y profundo. John Campbell no tenía máscaras y los espejos no podían reflejarle. El propio brillo de su reflejo y su sonido quebraba cualquier vidrio. Era un hombre descubierto, y no existía en él artificio alguno. Era libre, y hacía sonar el Blues desde la alegría de haber experimentado el dolor y de haber continuado con vida. Volvió a casarse y tuvo una hija más. Giró por toda Europa, y la leyenda era ya reconocida. No hizo nada para ser conocido, salvo decir la verdad. Fueron los demás, los aficionados, los músicos y los productores, los que se acercaron a él, conscientes de estar ante una leyenda.
John Campbell murió en su casa de New York el 13 de junio de 1993 a la edad de 41 años, de un ataque al corazón mientras dormía. El mismo corazón que debió pararse 25 años antes. El mismo corazón frágil que resistió para ver nacer un sonido honesto y puro. El sonido de una nueva leyenda.
John Campbell
Discografía
1975- Street Suite (Sync Records)
1988- A man and his blues (Cross Cut Records)
1991- One Believer (Elektra)
1993- Howlin Mercy (Elektra)
2000- Tyler, Texas Sessions (Sphere Sound Records)
Rubén Camacho Zumaquero
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lunes, 24 de junio de 2013
lunes, 15 de octubre de 2012
59 días
Compadezco (y apoyo) a las personas que se deprimen. Hace apenas una semana una mujer lloraba conmigo. Decía, en su hipotética autosuficiencia, que era fuerte por fuera y blanda por dentro. Se relataba como un cangrejo y se volcaba en mí. Horas después me pregunté, en mi egoísmo, si mis lagrimales padecen algún tipo de problema fisiológico. Un oltalmólogo me dijo en su día que sí. Me dijo, incluso, que necesitaría lágrimas artificiales toda mi vida.
Yo nunca me deprimo. Parece que estoy dotado de un sistema emocional y un cerebro inmune al derrumbe, a la dependencia, a necesitar. Fuerte por fuera (o quizá no tanto) y una roca de infinito poder volitivo por dentro. Lo que nadie comprende, es que esa roca también duele. Llevar una roca dentro es también doloroso. Es muy pesado.
Recapacité entonces y comprobé que mi ciclo es de 59 días. Durante 59 días, soy inmensamente feliz y contagio mi felicidad a quien está a mi lado. Actúo con libertad y el camino del desaliento no existe. Hasta que se cumplen 59 días.
Entonces, en ese día, llega la nostalgia. Llega la preocupación intensa del Quirón herido. En ese día, que a veces son dos, toda mi rutina cambia. No me compadezco ni abandono, sino que me castigo. Mis herramientas son de adicción y placer: fumo apasionadamente y un cigarrillo tras otro (cuando en mis 59 días, no fumo nunca), bebo alcohol, busco contacto social impulsivamente, converso sin descanso, y me acuesto con mujeres que realmente no me gustan. Vivo una destrucción intensa hasta que, siempre en la compañía de algún hermano de camino, me derrumbo y duermo tras varios días sin hacerlo.
A la mañana siguiente despierto y comienza de nuevo la cuenta de 59 días. Me vacuno fiel y destructivamente y continúo.
En las horas de esos días, en cada cigarrillo cancerígeno, en cada impulso, en cada acto destructivo, estoy, tristemente, amando.
Supongo que, quien llora o se deprime, no vive esos días y no está vacunado contra la destrucción que yo, en dos días intensos, vivo hasta enfermar y caer. La decadencia y el renacimiento.
Día 1.
("Eres y estás", De raíz rebrotada, 2010)
Yo nunca me deprimo. Parece que estoy dotado de un sistema emocional y un cerebro inmune al derrumbe, a la dependencia, a necesitar. Fuerte por fuera (o quizá no tanto) y una roca de infinito poder volitivo por dentro. Lo que nadie comprende, es que esa roca también duele. Llevar una roca dentro es también doloroso. Es muy pesado.
Recapacité entonces y comprobé que mi ciclo es de 59 días. Durante 59 días, soy inmensamente feliz y contagio mi felicidad a quien está a mi lado. Actúo con libertad y el camino del desaliento no existe. Hasta que se cumplen 59 días.
Entonces, en ese día, llega la nostalgia. Llega la preocupación intensa del Quirón herido. En ese día, que a veces son dos, toda mi rutina cambia. No me compadezco ni abandono, sino que me castigo. Mis herramientas son de adicción y placer: fumo apasionadamente y un cigarrillo tras otro (cuando en mis 59 días, no fumo nunca), bebo alcohol, busco contacto social impulsivamente, converso sin descanso, y me acuesto con mujeres que realmente no me gustan. Vivo una destrucción intensa hasta que, siempre en la compañía de algún hermano de camino, me derrumbo y duermo tras varios días sin hacerlo.
A la mañana siguiente despierto y comienza de nuevo la cuenta de 59 días. Me vacuno fiel y destructivamente y continúo.
En las horas de esos días, en cada cigarrillo cancerígeno, en cada impulso, en cada acto destructivo, estoy, tristemente, amando.
Supongo que, quien llora o se deprime, no vive esos días y no está vacunado contra la destrucción que yo, en dos días intensos, vivo hasta enfermar y caer. La decadencia y el renacimiento.
Día 1.
- Eres, y estás,
en los besos que voy dando
(mentirosos que buscan verdad);
en la caricia, la saliva desconocida que intercambio,
las miradas castañas, los caminares lejanos,
en lo ebrio cuando bebo, y en el tabaco cuando fumo.
En cada impulso mío.
("Eres y estás", De raíz rebrotada, 2010)
sábado, 21 de julio de 2012
Sueño que abandono perros
Sueño que abandono perros. Lo sueño constantemente. Aunque sepa que nunca abandoné a uno. Sin embargo, no tengo ni un sueño donde en algún momento no aparezca la sensación de haber abandonado un perro, y el impulso posterior de tratar de encontrarle. En mis sueños siempre abandono perros, aunque me dé cuenta mucho tiempo después de haberlo abandonado.
En la vida despierta no abandono perros. Más bien al contrario, intento hacer lo máximo posible para encontrarles un hogar. La vez que más cerca estuve de abandonar a un perro, fue una perra, apenas estuve 3 horas con ella, y la busqué por toda la ciudad los siguientes tres días. Esa perra me enseñó algo que todavía hoy día me resisto a interiorizar. Estuvo conmigo, me agradeció mis cuidados, la comida que le di, la cama, el techo, y especialmente la libertad que no le reprimí. Quise hacerle saber, desde el primer minuto, que era una perra independiente, a pesar de lo mucho que me necesitara realmente a mí y no a otras personas. Era una perra ya abandonada. Existían apegos hacia sus necesidades ficticias. No les necesitaba, porque la habían utilizado para después abandonarla, como ocurre constantemente en cualquier parte del mundo. Sin embargo, ella, aún casi cachorra aunque de considerable tamaño, seguía infectada por esa creencia ficticia, ilusoria y cancerosa, de necesitar precisamente lo que más daño te hace. Así que la dejé libre. Y corrió, corrió muy lejos. Desvió la mirada en un último segundo para despedirse. Estaba agradecida, especialmente, de que le soltara la correa.
Salvo ese episodio, nunca he estado cerca de abandonar a un perro. Pero sigo soñando que abandono perros.
Sueño que los perros que he conocido me necesitan y yo estoy lejos. Sueño que soy descuidado, como un gato callejero. En las últimas escenas de mis sueños, recobro la conciencia y les busco desesperadamente, para ayudarles. Sueño que abandono perros que ni siquiera estuvieron conmigo algún día. Sueño que, mientras vivo mil experiencias diferentes, un perro está atrapado en una habitación, o perdido en una montaña, o caminando solo en una autopista, y que sólo yo puedo ayudarle pero no fui consciente hasta el último segundo, justo cuando corro hacia su destino y finalmente despierto. En mis sueños siempre descubro mis auténticos deseos al final, cuando estoy a punto de despertar. Sé lo que quiero. Ayudar al perro.
Hoy soñé, como siempre, que estaba en sudamérica. En esta ocasión estaba en un edificio muy alto, y bajaba por unas escaleras exteriores. Tenía mucho trabajo. Tenía muchas preocupaciones; preocupaciones que, por otra parte, me hacían feliz. Llegué a un despacho donde varias personas me esperaban. Allí estaba ella, aunque hace años que no la veo. Llevaba una máscara de porcelana. Se sentía feliz al verme. Me molestaba la superficialidad de las personas y sus conversaciones triviales en aquel edificio que al poco resultó ser un barco. Y nuevamente llegó a mí la idea: mis perros me esperan. En ese sueño, los perros que vivían conmigo me estaban esperando. Estaban solos en casa. Me aguardaban. Y yo lo dejé todo para ir hacia ellos, me descolgué de estructuras, nadé, corrí entre las callejuelas, todo por llegar donde ellos estaban. Justo entonces desperté. Es el equilibrio constante entre la libertad y la preocupación, el nomadismo y el cuidado, el abandono (que en sí mismo es hermoso si es hacia uno mismo) y la capacidad para sostener sobre tu espalda cualquier peso, porque a ti no te pesa, porque te gusta sentirlo. Porque estás hecho para eso.
No sé por qué sueño que abandono perros. Será que, de alguna forma, les abandono.
En la vida despierta no abandono perros. Más bien al contrario, intento hacer lo máximo posible para encontrarles un hogar. La vez que más cerca estuve de abandonar a un perro, fue una perra, apenas estuve 3 horas con ella, y la busqué por toda la ciudad los siguientes tres días. Esa perra me enseñó algo que todavía hoy día me resisto a interiorizar. Estuvo conmigo, me agradeció mis cuidados, la comida que le di, la cama, el techo, y especialmente la libertad que no le reprimí. Quise hacerle saber, desde el primer minuto, que era una perra independiente, a pesar de lo mucho que me necesitara realmente a mí y no a otras personas. Era una perra ya abandonada. Existían apegos hacia sus necesidades ficticias. No les necesitaba, porque la habían utilizado para después abandonarla, como ocurre constantemente en cualquier parte del mundo. Sin embargo, ella, aún casi cachorra aunque de considerable tamaño, seguía infectada por esa creencia ficticia, ilusoria y cancerosa, de necesitar precisamente lo que más daño te hace. Así que la dejé libre. Y corrió, corrió muy lejos. Desvió la mirada en un último segundo para despedirse. Estaba agradecida, especialmente, de que le soltara la correa.
Salvo ese episodio, nunca he estado cerca de abandonar a un perro. Pero sigo soñando que abandono perros.
Sueño que los perros que he conocido me necesitan y yo estoy lejos. Sueño que soy descuidado, como un gato callejero. En las últimas escenas de mis sueños, recobro la conciencia y les busco desesperadamente, para ayudarles. Sueño que abandono perros que ni siquiera estuvieron conmigo algún día. Sueño que, mientras vivo mil experiencias diferentes, un perro está atrapado en una habitación, o perdido en una montaña, o caminando solo en una autopista, y que sólo yo puedo ayudarle pero no fui consciente hasta el último segundo, justo cuando corro hacia su destino y finalmente despierto. En mis sueños siempre descubro mis auténticos deseos al final, cuando estoy a punto de despertar. Sé lo que quiero. Ayudar al perro.
Hoy soñé, como siempre, que estaba en sudamérica. En esta ocasión estaba en un edificio muy alto, y bajaba por unas escaleras exteriores. Tenía mucho trabajo. Tenía muchas preocupaciones; preocupaciones que, por otra parte, me hacían feliz. Llegué a un despacho donde varias personas me esperaban. Allí estaba ella, aunque hace años que no la veo. Llevaba una máscara de porcelana. Se sentía feliz al verme. Me molestaba la superficialidad de las personas y sus conversaciones triviales en aquel edificio que al poco resultó ser un barco. Y nuevamente llegó a mí la idea: mis perros me esperan. En ese sueño, los perros que vivían conmigo me estaban esperando. Estaban solos en casa. Me aguardaban. Y yo lo dejé todo para ir hacia ellos, me descolgué de estructuras, nadé, corrí entre las callejuelas, todo por llegar donde ellos estaban. Justo entonces desperté. Es el equilibrio constante entre la libertad y la preocupación, el nomadismo y el cuidado, el abandono (que en sí mismo es hermoso si es hacia uno mismo) y la capacidad para sostener sobre tu espalda cualquier peso, porque a ti no te pesa, porque te gusta sentirlo. Porque estás hecho para eso.
No sé por qué sueño que abandono perros. Será que, de alguna forma, les abandono.
sábado, 7 de julio de 2012
Más allá de Quirón
Quirón, en la mitología griega, era el gran sanador que no podía sanarse a sí mismo. Era el centauro herido, el primer veterinario. Su gran estigma es que Quirón tiene el gran potencial para sanar a cualquier persona de cualquier mal, pero es incapaz a su vez de sanarse a sí mismo.
Algunas personas, y muy sabias, me han trasladado la leyenda de Quirón, haciéndome saber que yo portaba la misma huella. La infinita capacidad para catalizar la sanación del otro, una herramienta para el darse cuenta, una habilidad que termina por ser una vocación, una profesión, una vida completa. Sanar a todos menos a ti mismo. Pero ahora no lo creo así. Ahora veo mucho más lejos de Quirón.
Sanar tu propia herida es posible si haces de tu marca una virtud. El potencial es infinito. Utilizar tu propia persona como catalizador para que los demás sanen, es una virtud que termina por paliar cualquier herida, por profunda que sea. Esto conlleva emoción. La emoción de ver al otro sanar. La emoción de comprobar como otra alma, corazón y conciencia ve más allá de sus límites y desafía sus enfermedades ilusorias para quedar completamente desnudo, renovado, pleno. Despierto. La alegría de ver la sanación del otro cura cualquier herida propia.
La auténtica herida, el auténtico drama de Quirón, más allá de sus propias llagas, y que ahora sé, yo porto cada día, es precisamente tener la gran capacidad para sanar a todos, y a su vez, carecer de la oportunidad para sanar a la persona que realmente amas.
Eso sí es una herida, y no una flecha en el costado de Quirón.
Algunas personas, y muy sabias, me han trasladado la leyenda de Quirón, haciéndome saber que yo portaba la misma huella. La infinita capacidad para catalizar la sanación del otro, una herramienta para el darse cuenta, una habilidad que termina por ser una vocación, una profesión, una vida completa. Sanar a todos menos a ti mismo. Pero ahora no lo creo así. Ahora veo mucho más lejos de Quirón.
Sanar tu propia herida es posible si haces de tu marca una virtud. El potencial es infinito. Utilizar tu propia persona como catalizador para que los demás sanen, es una virtud que termina por paliar cualquier herida, por profunda que sea. Esto conlleva emoción. La emoción de ver al otro sanar. La emoción de comprobar como otra alma, corazón y conciencia ve más allá de sus límites y desafía sus enfermedades ilusorias para quedar completamente desnudo, renovado, pleno. Despierto. La alegría de ver la sanación del otro cura cualquier herida propia.
La auténtica herida, el auténtico drama de Quirón, más allá de sus propias llagas, y que ahora sé, yo porto cada día, es precisamente tener la gran capacidad para sanar a todos, y a su vez, carecer de la oportunidad para sanar a la persona que realmente amas.
Eso sí es una herida, y no una flecha en el costado de Quirón.
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domingo, 20 de mayo de 2012
por Karen
Sigo enamorado de la chica con la que salía cuando tenía 20 años, aunque cuando tuviera 20 años no sintiera nada y ella no me importara. El tiempo y los cambios no sólo nos maduran, sino que transforman la visión de nuestro pasado y de las personas que estuvieron en él. Ese aprendizaje nos dice qué tuvo importancia real en nuestra vida, qué fue efímero, dónde estuvo el fraude, y qué vínculo permanece para siempre. Ocurre de la misma forma con la música. A veces, la necesitamos, porque algo nos falta. Lo hacemos con las personas y lo hacemos con la música. Resulta una estafa, mediocre, mezquino... pero lo hacemos. También ocurre que cuando un sentimiento es real, no se marcha, por poco práctico que resulte. Ahora estoy convencido de que a mí me ocurrirá con Karen. No es nada práctico querer a Karen, porque Karen no se muestra, es una indigente, nunca sabes dónde puedes encontrarla. Ahora sé que pasarán décadas y seguiré pensando en ella. Aunque lleve veinte años muerta.
Something on your mind, primer corte de "In my own time" (1971)
Karen Dalton es una de esas personas que no pueden clasificarse porque no existen niveles ni medidas para ella. Pertenece a un lugar distinto, al de los brujos, personas enigmáticas que dejaron pequeñas huellas que con el tiempo terminan por resultar poderosas e inolvidables. Pertenece quizá al mismo lugar de donde vino y se fue Robert Johnson. Ambos eran un misterio, pero de alguna forma, fueron seres humanos que se mostraron mucho más que cualquier otro.
Karen murió en 1993 en Nueva York, siendo indigente. Llevaba muchos años practicando la vida del homeless y portando con ella el estigma de drogadicta. Nadie sabía quién era cuando murió. Una página de periódico recordó que la indigente fallecida fue una cantante folk efímera a finales de los años 60 y principios de los 70.
A mí me duele también, (It hurts me too, clásico Blues popularizado por Elmore James,
en la voz y guitarra de Karen, pieza recogida en su primer disco).
en la voz y guitarra de Karen, pieza recogida en su primer disco).
Su vida musical es breve, como ocurre con los genios que no se muestran personalmente, salvo a través de la música. Karen tocaba la guitarra de 12 cuerdas y el banjo desde que era una niña, con una maestría insultante para cualquier músico. Su voz no tiene descripción posible. Ahora sé que si disfruto escuchando a Billy Holliday o a Nina Simone, es porque me recuerdan brevemente a Karen, aunque a ellas las conociera antes. Karen, de alguna forma, estaba antes de todas. Cantaba folk y blues de manera espontánea y nunca quiso grabar ni ser reconocida. Bob Dylan la adoraba (intuyo que sabía que estaba frente a alguien inimitable, y gracias en parte a sus esfuerzos hoy podemos escucharla). En 1969 fue invitada a un estudio como excusa para obligarla a grabar su música, siempre versiones de clásicos folk. En esa noche grabó "It's so hard to tell who's going to love you the best", primer disco compuesto por 10 canciones. Su guitarra de 12 cuerdas sonaba junto a su voz con la única compañía de una discreta guitarra acústica y un bajo. Dos años después graba "In my own time", un disco más ecléctico (sonidos Blues, Motown, folk, algunos acompañamientos de cuerda). In my own time supone uno de los mejores discos de música folk que jamás se hayan grabado. Karen no quiso más. Como Johnson, apenas grabó una veintena de canciones en un tiempo breve y desapareció. Lo dio todo y se abandonó.
No es práctico querer a Karen. Pero el amor no es pragmatismo. Hacerlo pragmático significa hacerlo materialista, y ahí es donde está la mezquindad del ser humano. Karen no fue práctica. Tampoco soy práctico yo por querer a una muerta. Pero sé que Karen, de alguna forma, va a estar conmigo siempre. Porque librarme de ella sería lo más estúpido que podría hacer jamás. Porque estuvo abierta y no tuvo miedo. Porque todo lo que hizo lo hizo de verdad. Sin necesitar. Sin pedir ni estafar. Sólo diciendo la verdad. Ése es el misterio de su voz y su música. Al escuchar a Karen Dalton, escuchamos a un ser humano que dice la verdad y no tiene miedo. Por eso es tan perturbadora. Y por eso...
Me quedo contigo, Karen.
PD: este blog no es de descargas, pero si has llegado aquí buscando descargar la música de Karen, busca mi e-mail, escribe y te envío los dos discos.
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jueves, 8 de marzo de 2012
Sobre la mujer, el miedo y la autosuficiencia
Hoy concluye el día de la mujer trabajadora a pesar de que mañana el trabajo continúe. Estos días de reinvindicación suponen una pequeña chispa de conciencia de apenas 24 horas. Una chispa minúscula que nos ayuda a felicitar un hecho tan importante como trivial, y que no nos ayuda a profundizar más sobre ello. Es lo que ocurre con la caducidad de los días.
Para mí, el día que ansío y apoyo, así como los restantes, es el día de la mujer autosuficiente. Hoy tuve una oportunidad de vivir uno de esos pequeños momentos azarosos e inesperados con los que uno disfruta especialmente, como es una charla sorpresiva con una mujer que no esperas. Fui a comprar libros y allí estaba ella, mi librera. Es muy atractiva, y es un porte de mujer que siempre me ha gustado. Respira autosuficiencia en cada movimiento. Al llegar, otro cliente la entretenía con una especie de charla entre el sermón y el quejido, ya que aquel hombre parecía estar al borde del lloro. Era alto, vestía con chaqueta e iba acompañado de una mujer mayor. Al verme, se disculpó por la espera (en realidad, era un aviso de que iba a seguir con su charla). Él aseguraba que el hombre actual tiene mucho miedo de la autosuficiencia de la mujer.
"Antes era más sencillo. Abrías la puerta del coche, la buscabas bajo la ventana, tú elegías el vino. El hombre ahora está perdido".
Ella (mi librera), argumentaba en su contra. Decía que nuestras costumbres siguen negando la autosuficiencia de la mujer, y que los camareros seguían preguntando al hombre qué vino deseaban.
El cliente se marchó y ella comenzó a buscar mis libros. Yo no pude evitar la oportunidad de hablar con ella. Realmente, y no lo niego, me gusta el cortejo breve. Siempre me gustó y fui un experto. Realmente, me gusta cortejar hasta a la panadera. Incluso a mi perra.
- Pues a mí me hace ilusión que la mujer hoy día sea autosuficiente, la verdad. No me inspira ningún miedo. Al contrario, me fascina y me hace feliz.
La librera me replicó entonces con alguna palabra que no recuerdo ni pude entender. ¿Enología? Ella me sonreía y me decía que la autosuficiencia de la mujer seguía estando coartada, que ella era experta en vinos pero que aún le preguntaban al hombre en los restaurantes, a pesar de que él pudiera ser un inepto. Acordamos los dos que nos apasionaba la autosuficiencia, no sólo en el trabajo, sino especialmente en las emociones. La mujer que no necesita nada porque todo su afecto y amor parte de ella misma. A través de ese amor propio, es capaz de vivir según valores humanos. Elegir a las personas por sus valores, no caer en juegos de necesidades, no verse manipulada. Ser, realmente, libre y autosuficiente, no sólo del hombre, sino de sus propios miedos y de su ego. Me dijo que aquel hombre era psicólogo, y yo, o quizá mi propio ego, no pudo evitar confesar al instante un "yo también". Ella continuó sonriendo y me lanzó una pregunta.
- Es cierto que hoy día realmente no hay demasiadas mujeres autosuficientes. Lo aparentan, pero no lo son. Siguen teniendo muchos problemas de autoestima, y de ahí que sientan necesidades, que terminan por solventar con el hombre de turno. Pero yo te pregunto... si una mujer tiene un problema afectivo y está con un hombre por eso, ¿algo raro también debe tener el hombre, no? Porque para ser capaz de estar con alguien que le necesite por algo tan traumático...
- Por supuesto. La respuesta es un manipulador emocional. Si una mujer tiene una necesidad afectiva, atraerá a un hombre que pueda colmar ese vacío. Es un manipulador emocional. Utiliza esa necesidad para manipular a su antojo. Al principio son muy suaves.
La recordé entonces a ella. Yo apenas había cumplido 20 años. Ella era autosuficiente, brusca, casi violenta. Nunca estuve enamorado de ella. Nunca la quise realmente. Yo mismo fui quien la rechazó tiempo después. Sin embargo, algo ha cambiado. Ha sido el propio tiempo quien me ha dado una lección. Ahora, sin que haya ocurrido nada en todos estos años que llevo sin saber absolutamente nada de ella, me doy cuenta de que sí la quiero realmente. Y la quiero porque fue una de las mujeres que mejores se portaron conmigo. Ahora me importa, ahora la busco en cada calle, y nunca la encuentro, aunque sólo sea para tomar un café. Me enseñó que el camino del amor es sólo posible con una auténtica autosuficiencia. Le debo tanto, y no recuerdo ni siquiera su apellido...
Mi librera estuvo de acuerdo conmigo y no dejó de sonreír. Me dio mis libros y me cobró. Para despedirme, le dije que me encantaba que una mujer me eligiera el vino, que condujera ella, que no me necesitara en nada. Miré el ticket, por si, en su autosuficiencia, la librera me hubiera apuntado su número de teléfono. Estaba vacío. ¿O debería haberlo pedido yo? Ya compraré más libros...
PD: a mi chica de los 20 años, a sus borderías, a sus ojos grises, y a su ternura cuando estábamos a solas: me acuerdo de ti todos los días. Guapa.
Regad vuestro propio corazón y dará frutos. Nunca lo entreguéis a nadie. Es vuestro.
Para mí, el día que ansío y apoyo, así como los restantes, es el día de la mujer autosuficiente. Hoy tuve una oportunidad de vivir uno de esos pequeños momentos azarosos e inesperados con los que uno disfruta especialmente, como es una charla sorpresiva con una mujer que no esperas. Fui a comprar libros y allí estaba ella, mi librera. Es muy atractiva, y es un porte de mujer que siempre me ha gustado. Respira autosuficiencia en cada movimiento. Al llegar, otro cliente la entretenía con una especie de charla entre el sermón y el quejido, ya que aquel hombre parecía estar al borde del lloro. Era alto, vestía con chaqueta e iba acompañado de una mujer mayor. Al verme, se disculpó por la espera (en realidad, era un aviso de que iba a seguir con su charla). Él aseguraba que el hombre actual tiene mucho miedo de la autosuficiencia de la mujer.
"Antes era más sencillo. Abrías la puerta del coche, la buscabas bajo la ventana, tú elegías el vino. El hombre ahora está perdido".
Ella (mi librera), argumentaba en su contra. Decía que nuestras costumbres siguen negando la autosuficiencia de la mujer, y que los camareros seguían preguntando al hombre qué vino deseaban.
El cliente se marchó y ella comenzó a buscar mis libros. Yo no pude evitar la oportunidad de hablar con ella. Realmente, y no lo niego, me gusta el cortejo breve. Siempre me gustó y fui un experto. Realmente, me gusta cortejar hasta a la panadera. Incluso a mi perra.
- Pues a mí me hace ilusión que la mujer hoy día sea autosuficiente, la verdad. No me inspira ningún miedo. Al contrario, me fascina y me hace feliz.
La librera me replicó entonces con alguna palabra que no recuerdo ni pude entender. ¿Enología? Ella me sonreía y me decía que la autosuficiencia de la mujer seguía estando coartada, que ella era experta en vinos pero que aún le preguntaban al hombre en los restaurantes, a pesar de que él pudiera ser un inepto. Acordamos los dos que nos apasionaba la autosuficiencia, no sólo en el trabajo, sino especialmente en las emociones. La mujer que no necesita nada porque todo su afecto y amor parte de ella misma. A través de ese amor propio, es capaz de vivir según valores humanos. Elegir a las personas por sus valores, no caer en juegos de necesidades, no verse manipulada. Ser, realmente, libre y autosuficiente, no sólo del hombre, sino de sus propios miedos y de su ego. Me dijo que aquel hombre era psicólogo, y yo, o quizá mi propio ego, no pudo evitar confesar al instante un "yo también". Ella continuó sonriendo y me lanzó una pregunta.
- Es cierto que hoy día realmente no hay demasiadas mujeres autosuficientes. Lo aparentan, pero no lo son. Siguen teniendo muchos problemas de autoestima, y de ahí que sientan necesidades, que terminan por solventar con el hombre de turno. Pero yo te pregunto... si una mujer tiene un problema afectivo y está con un hombre por eso, ¿algo raro también debe tener el hombre, no? Porque para ser capaz de estar con alguien que le necesite por algo tan traumático...
- Por supuesto. La respuesta es un manipulador emocional. Si una mujer tiene una necesidad afectiva, atraerá a un hombre que pueda colmar ese vacío. Es un manipulador emocional. Utiliza esa necesidad para manipular a su antojo. Al principio son muy suaves.
La recordé entonces a ella. Yo apenas había cumplido 20 años. Ella era autosuficiente, brusca, casi violenta. Nunca estuve enamorado de ella. Nunca la quise realmente. Yo mismo fui quien la rechazó tiempo después. Sin embargo, algo ha cambiado. Ha sido el propio tiempo quien me ha dado una lección. Ahora, sin que haya ocurrido nada en todos estos años que llevo sin saber absolutamente nada de ella, me doy cuenta de que sí la quiero realmente. Y la quiero porque fue una de las mujeres que mejores se portaron conmigo. Ahora me importa, ahora la busco en cada calle, y nunca la encuentro, aunque sólo sea para tomar un café. Me enseñó que el camino del amor es sólo posible con una auténtica autosuficiencia. Le debo tanto, y no recuerdo ni siquiera su apellido...
Mi librera estuvo de acuerdo conmigo y no dejó de sonreír. Me dio mis libros y me cobró. Para despedirme, le dije que me encantaba que una mujer me eligiera el vino, que condujera ella, que no me necesitara en nada. Miré el ticket, por si, en su autosuficiencia, la librera me hubiera apuntado su número de teléfono. Estaba vacío. ¿O debería haberlo pedido yo? Ya compraré más libros...
PD: a mi chica de los 20 años, a sus borderías, a sus ojos grises, y a su ternura cuando estábamos a solas: me acuerdo de ti todos los días. Guapa.
Regad vuestro propio corazón y dará frutos. Nunca lo entreguéis a nadie. Es vuestro.
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sábado, 27 de agosto de 2011
Porque tienen miedo
Tenía nueve años, justo como Frank, cuando viví por primera vez la experiencia de que me arrebataran algo. Me lo arrebataron porque yo era un niño peligroso, indómito, que debía ser vigilado. Ella tenía siete años, aunque estaba a punto de cumplir ocho. A pesar de pasar las horas de la mañana en distintos cursos, coincidíamos en el autobús escolar y en el patio donde jugábamos por las tardes. Vivía apenas dos pisos encima del mío. Nunca hablamos de lo que éramos. No le dábamos importancia. Sólo pasábamos juntos los recreos, nos sentábamos juntos en el autobús, comíamos pipas juntos y hablábamos en el patio por las tardes. Con los niños, jugaba. Con ella, hablaba. También nos besábamos, aunque a escondidas. No lo hacíamos a escondidas por miedo, sino porque nos resultaba más cómodo vivir la experiencia con la reserva de sentirte a solas. Ella nunca opuso resistencia. Nos gustaba. Nunca hablamos sobre ello, porque no sentimos que una relación natural, viva y pura, tuviera que estar limitada por conceptos, ideas o juicios. Tampoco por miedo, porque nosotros no sentíamos ningún miedo. Por mi parte, ni siquiera sentía miedo por ser descubierto. Y así fue cómo, en un recreo, la profesora tutora de su curso la agarró del brazo para llevársela lejos de mi lado. Nunca más volví a hablar con ella. Por las tardes, su madre tampoco la dejaba acercarse a mí. ¿El motivo? La besé en la boca en público, pero en esa ocasión, quise introducir la lengua en su boca. No recuerdo si lo había visto en alguna película, pero juraría que no fue así. Me pareció, según mis vagos recuerdos, que debía de ser una idea muy agradable y tierna. Una manera, si acaso, de estar más cerca de un ser que me hacía sentir amor y ternura. Un amor desapegado, sin exigencias ni expectativas. Un amor de niño, si acaso más puro. Todavía recuerdo el rostro de esa profesora apartándola de mí. Me miró como si fuera un monstruo.
Ya no tengo miedo, a pesar de los miles de dedos acusadores. Espero que Frank no lo tenga nunca. Este niño, que protagoniza estos maravillosos minutos del documental "De amor se vive", de Silvano Agostini, es un niño que aún no ha sido dominado por el miedo. Estoy convencido de que ya ha sentido esa emoción muchas veces, pero está bajo su control, la conoce, la reconoce, y sabe de lo que se trata. Por eso, porque no tiene miedo, vive, experimenta, y también perturba.
Yo nunca pude pronunciar las palabras de ese niño, aunque recuerdo que las pensaba exactamente igual. La diferencia, quizá estribe en que a mí me inculcaron el miedo a lo prohibido, a la norma, al límite, a las consecuencias, por mucho que mi lengua luchara contra todo ello. Años más tarde, luchaba otra parte de mi anatomía. Hoy día, lucha todo mi cuerpo. Porque vivir la vida y el amor a través del sexo es lo más hermoso que puede ocurrir. Porque siendo amantes, se ama. Y el mejor hecho de amor es el que ocurre con ternura. Y esto, sólo ocurre sin miedo.
El resto del vídeo es igualmente perturbador. Muchos podrán pensar que en los ojos de Frank ya no hay ternura, ni inocencia. Una inocencia también arrebatada por sus experiencias. Si esto ocurre, es porque esas personas tienen su propia medida de la ternura y la inocencia, y no pueden comprender el mundo de este niño. Frank está repleto de ternura. Seguro que nadie besó y tocó a aquella niña con la ternura de Frank. Es precisamente la ausencia de ternura y la imposición del miedo, la que hace que hoy día el sexo, en la inmensa mayoría de los hombres, sea un juego violento de dominancia, absurdo y detestable; como también es absurdo, pero comprensible, tanto el miedo que sienten muchas mujeres como su incapacidad para experimentar ternura, refugiándose en la víscera, la única parte de nuestro espíritu que no se relaciona directamente con el miedo.
Frank sí es tierno e inocente. Porque todo lo hace a través de la inocencia. Y nosotros, más viejos, estamos en su conquista, porque nos la arrebataron. Frank es inocente porque todo lo experimenta con inocencia. Es la misma inocencia que uno descubre de nuevo cuando no tiene miedo, y un cuerpo ajeno es, entonces, una experiencia, nueva, tierna y hermosa. Es la misma inocencia con la que habla de besarse y tocarse.
Ojalá no se la quiten nunca. Y ojalá la recuperemos todos.
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miércoles, 13 de julio de 2011
Un pico de emoción
Somos adictos a nuestras emociones. No descubro con esto ningún secreto, aunque no deja de ser sorprendente hasta qué punto necesitamos cada día un pico de emoción. Lo más revelador, aún así, es lo mucho que desconocemos estas adicciones, y sobre todo, a cuáles somos más adictos: el pico de emoción de la tranquilidad del cigarro, de sus cuatro minutos de duración, que nos da una pequeña tregua de tranquilidad para descansar del pensamiento perturbador; el pico de emoción de la niña de ocho años, que llora cada día a las seis y media de la tarde, no porque quiera despertar la atención de nadie, no porque se siente triste, sino simplemente porque desea su dosis de llanto diaria y lo que ello la hace sentir. El pico de emoción del ahora, de la adrenalina constante de vivir un presente fatuo, inerte, descorazonador, que nos aleje de afrontar una realidad profunda y perturbada. El pico de emoción de la galantería, el cortejo, la seducción vacía y superficial del sábado noche, con el vestido ajustado y las frases estúpidas. El pico de emoción tan satisfactorio del no hacer nada, del descansar de la acción; el pico de emoción del sexo, de segregar hormonas y sustancias desconocidas que necesitamos y a las que somos más adictos que a cualquier droga vacua. Porque eso es la droga superficial: la máscara de la adicción verdadera. De la emoción que ansiamos.
A mí, me fascina la emoción del cigarro. Durante esos instantes sé que nada va a ocurrir. Mil pensamientos combaten por nacer pero finalmente ninguno prevalece, porque lo que importa, en esos momentos, es el cigarro. La nicotina, el alquitrán, la sobredosis de dióxido de carbono con el impulso de cada calada, tan obsesivas... eso no tiene la menor importancia. La adicción está en la emoción del hecho de saber que, mientras el cigarro aguante, no se tomará ninguna decisión. Por eso se enciende otro. Y otro, y luego otro.
Somos adictos a nuestras emociones y quizá eso sea cobarde. No saber reconocerlas, no saber que todo lo que hacemos, y que creemos lógico y elegido por algún motivo, sólo es causado por un conjunto de hormonas que nos perturban. Al menos, tenemos la posibilidad de elegir a qué queremos ser adictos.
La adicción a la emoción de ver, oír y sentir la convulsión del otro. El lloro, el quiebro de una mujer cuando se libera y parece que sufre, como si diera a luz. Y en realidad da a luz, pero no precisamente a una criatura. La emoción de sentirse conmovido ante quien te despierta ternura. Y de nuevo, la emoción del cigarro, para descansar de nuevo un poco de todo esto.
Somos adictos a nuestras emociones, y eso no es malo. Lo pernicioso está en no saber a cuáles somos adictos y ni siquiera en qué medida. No saber que a veces se es feliz, falsamente feliz, porque se está huyendo. Y se huye inyectándose un pico de emoción que sólo dura unos instantes.
En realidad, si digo todo esto, es sólo para expresar algo sabido: por qué, a veces, el sexo no es suficiente.
Ahora voy a fumar un cigarro. Así, de paso, me emociono un poco.
DICEN QUE FUMAR MATA...
Dicen que fumar mata
pero de amor también se muere.
Y se renace, con un nuevo cigarro;
llama incandescente que yo siempre aspiro.
Y yo voy amando, mientras me muero,
indefinidamente.
El cigarro se hace colilla
y prendemos uno nuevo.
Y yo voy fumando
siempre del mismo cigarro que ansío.
Fumar, fumar:
matar el cigarro.
Encender uno nuevo.
Siempre es el mismo.
Amo a mi cigarro permanente.
Por eso fumo tanto.
Así, al menos,
siempre permanece encendido.
Lisboa, 16-08-2010
(Rubén Camacho Zumaquero, del poemario "Sobre el intervalo", inconcluso)
jueves, 4 de noviembre de 2010
Tren de sangre
Texto: Rubén Camacho Zumaquero
Ilustración: Ángel Daniel García Marinello
TREN DE SANGRE
Ilustración: Ángel Daniel García Marinello
TREN DE SANGRE
Soy un tren hecho de sangre.
Sueno como un tren, mi corazón bombea y resuena como el ciclo de un púlsar, como el medio tiempo de una música de folclor. Mi olor es intenso y embriaga si tu boca es lo suficientemente grande y tus apetitos desafían lo común, pues el apetito común, el vanal y anodino, sufre la censura del miedo.
Las vías de acero no están hechas para mí. Me hacen daño. Se oxidan y no les gusto, no quieren que vaya tan rápido, con tanta intensidad. Por eso voy con aún más intensidad, para desafiarlas y empaparme de todo su óxido desprendido. Me muestran su desprecio con el rechazo del frío metal, estático, seco, tan repleto de miedo y complejo que siento condescendencia por él, mientras continúo avanzando, mientras la música sigue sonando, símbolo de mi corazón sin pausa, y mientras la caldera ardiente da señal de mi llegada.
Soy como un tren hecho de sangre. Arrollo y degluto a mi paso. Absorbo materia y también dejo descendencia con mis gotas en la tierra. Yo siempre fui un tren hecho de sangre, e ignoraba, en mi vértigo, las consecuencias del calor de mi crecida. Mientras tanto, continuaba cabalgando.
Finalmente, vi que mi destino es el de los trenes hechos de sangre: tarde o temprano colisiono, ensucio el suelo y la sangre se seca hasta quedar hundida en la tierra, testigo de mi fracaso.
Luego, me limpian.
Apenas queda mi olor.
Sueno como un tren, mi corazón bombea y resuena como el ciclo de un púlsar, como el medio tiempo de una música de folclor. Mi olor es intenso y embriaga si tu boca es lo suficientemente grande y tus apetitos desafían lo común, pues el apetito común, el vanal y anodino, sufre la censura del miedo.
Las vías de acero no están hechas para mí. Me hacen daño. Se oxidan y no les gusto, no quieren que vaya tan rápido, con tanta intensidad. Por eso voy con aún más intensidad, para desafiarlas y empaparme de todo su óxido desprendido. Me muestran su desprecio con el rechazo del frío metal, estático, seco, tan repleto de miedo y complejo que siento condescendencia por él, mientras continúo avanzando, mientras la música sigue sonando, símbolo de mi corazón sin pausa, y mientras la caldera ardiente da señal de mi llegada.
Soy como un tren hecho de sangre. Arrollo y degluto a mi paso. Absorbo materia y también dejo descendencia con mis gotas en la tierra. Yo siempre fui un tren hecho de sangre, e ignoraba, en mi vértigo, las consecuencias del calor de mi crecida. Mientras tanto, continuaba cabalgando.
Finalmente, vi que mi destino es el de los trenes hechos de sangre: tarde o temprano colisiono, ensucio el suelo y la sangre se seca hasta quedar hundida en la tierra, testigo de mi fracaso.
Luego, me limpian.
Apenas queda mi olor.
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miércoles, 3 de noviembre de 2010
Miguel de Molina Frías descansa en Buenos Aires
Miguel de Molina Frías no sólo fue un pionero y posterior estandarte de la copla española, sino que su vida es también un reflejo simbólico de la ciudad de Málaga, tanto en sus virtudes como en sus miserias. Málaga se ve retratada en la figura del artista, en sus cualidades innatas, posterior abandono (exilio obligado de incontables artistas malagueños) y final olvido. Málaga nace, olvida, y finalmente desea recuperar. Así lo muestra actualmente la Diputación, que desea traer de regreso los restos del cantante para construir un panteón en su honor. Surge entonces la inevitable pregunta de hasta qué medida nos importa su voluntad.
Miguel de Molina abandonó España en 1942 por Buenos Aires, ciudad donde cosechó sus mayores éxitos y donde repitió hasta la saciedad, deseaba morir y descansar. La razón de su exilio en España tuvo como protagonista dos características históricas: homosexual y republicano. Sin embargo, Miguel, con una gravedad mayor que sus simpatías políticas o tendencias sexuales, era un artista, que actuaba para cualquier público sin importarle condición ni bando. Hombres o mujeres, grises o rojos. Finalmente, encontró en Argentina un lugar propicio para vivir y continuar su carrera ante la opresión de la dictadura. Actualmente sus restos descansan en Buenos Aires, en el cementerio porteño de la Chacarita.
Hoy día, y en contra de su voluntad, la Diputación de Málaga desea repatriar sus restos. Su hermana Asunción Frías, residente en Argentina, se niega, respetando así la voluntad de su hermano. Para conseguir sus propósitos, la Diputación ha comunicado a los familiares del artista residentes en Málaga que los restos de Miguel terminarán en un foso común si no aprueban su regreso. Es comprensible que su primera sobrina, una casi octogenaria a la que Miguel protegió en Valencia durante la guerra civil, se asuste ante tal noticia.
Mientras multitud de personajes malagueños cuyo nombre no es preciso mencionar, se lucraban con la obra de Miguel, se realizaban programas de televisión y se publicaban libros y rodaban películas, su sobrina vivía sola y sentía cómo la voluntad del artista era menospreciada. Porque así es Málaga: un cúmulo de virtudes que se menosprecian y de defectos que afloran, como una joven preciosa que insiste en maquillarse como una demente, o como un hombre que, preso de sus miedos, no se permite ser querido. En el trato a Miguel de Molina se retratan esos precisos lastres.
Miguel de Molina no terminará en ningún foso común. Y si eso ocurriera, seguiría respetándose su voluntad de descansar en Buenos Aires. Si Málaga desea ser capital de la cultura, no es necesario esperar hasta el año 2016. Podemos conseguirlo ahora. Sólo es necesario fomentar el arte y la cultura, para que los artistas vivos no se vean obligados a huir; sustituir el cemento por lo verde, que tanto necesitamos y tan poco abunda; eliminar la basura abundante de nuestras calles (Málaga se ve retratada en sus suelos) y las motocicletas de los parques; educar a los miles de jóvenes malagueños, que cada vez más, se muestran casi analfabetos. Y sobre todo, respetar la voluntad de nuestros artistas fallecidos.
Miguel de Molina Frías nació en Málaga y se llevó su arte donde más le apreciaron. La cultura, ante todo, debe comenzar por el respeto.
Miguel de Molina abandonó España en 1942 por Buenos Aires, ciudad donde cosechó sus mayores éxitos y donde repitió hasta la saciedad, deseaba morir y descansar. La razón de su exilio en España tuvo como protagonista dos características históricas: homosexual y republicano. Sin embargo, Miguel, con una gravedad mayor que sus simpatías políticas o tendencias sexuales, era un artista, que actuaba para cualquier público sin importarle condición ni bando. Hombres o mujeres, grises o rojos. Finalmente, encontró en Argentina un lugar propicio para vivir y continuar su carrera ante la opresión de la dictadura. Actualmente sus restos descansan en Buenos Aires, en el cementerio porteño de la Chacarita.
Hoy día, y en contra de su voluntad, la Diputación de Málaga desea repatriar sus restos. Su hermana Asunción Frías, residente en Argentina, se niega, respetando así la voluntad de su hermano. Para conseguir sus propósitos, la Diputación ha comunicado a los familiares del artista residentes en Málaga que los restos de Miguel terminarán en un foso común si no aprueban su regreso. Es comprensible que su primera sobrina, una casi octogenaria a la que Miguel protegió en Valencia durante la guerra civil, se asuste ante tal noticia.
Mientras multitud de personajes malagueños cuyo nombre no es preciso mencionar, se lucraban con la obra de Miguel, se realizaban programas de televisión y se publicaban libros y rodaban películas, su sobrina vivía sola y sentía cómo la voluntad del artista era menospreciada. Porque así es Málaga: un cúmulo de virtudes que se menosprecian y de defectos que afloran, como una joven preciosa que insiste en maquillarse como una demente, o como un hombre que, preso de sus miedos, no se permite ser querido. En el trato a Miguel de Molina se retratan esos precisos lastres.
Miguel de Molina no terminará en ningún foso común. Y si eso ocurriera, seguiría respetándose su voluntad de descansar en Buenos Aires. Si Málaga desea ser capital de la cultura, no es necesario esperar hasta el año 2016. Podemos conseguirlo ahora. Sólo es necesario fomentar el arte y la cultura, para que los artistas vivos no se vean obligados a huir; sustituir el cemento por lo verde, que tanto necesitamos y tan poco abunda; eliminar la basura abundante de nuestras calles (Málaga se ve retratada en sus suelos) y las motocicletas de los parques; educar a los miles de jóvenes malagueños, que cada vez más, se muestran casi analfabetos. Y sobre todo, respetar la voluntad de nuestros artistas fallecidos.
Miguel de Molina Frías nació en Málaga y se llevó su arte donde más le apreciaron. La cultura, ante todo, debe comenzar por el respeto.
Rubén Camacho Zumaquero
(nieto de Concepción Lozano Frías,
sobrina de Miguel de Molina Frías)
(nieto de Concepción Lozano Frías,
sobrina de Miguel de Molina Frías)
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